«Las sinrazones de los discursos
políticos actuales».
Lo peor a mi juicio es que, con estas prácticas, nos han convencido a los demás ciudadanos de que los mejores discursos no son los que se apoyan en los argumentos más racionales, sino los más contundentes en el sentido más agresivo, más bruto y más grosero de esta palabra. La oratoria política se entiende, por lo tanto, como una técnica de dominio y no como una vía de entendimiento racional. Por eso, a veces los oyentes aplauden con entusiasmo los discursos “desaforados” que, en vez de llegar a acuerdos, pretenden vencer incluso a través de la manipulación, de la irracionalidad de la mentira y de la agresión.
Con estos comportamientos logran que una notable mayoría de ciudadanos vea con buenos ojos y escuche con buenos oídos esas intervenciones adoptando unas actitudes parecidas a los que asisten, por ejemplo, a un combate de boxeo o de lucha libre. No tenemos en cuenta que un buen discurso –incluso político- es el que, tras escuchar al adversario, propone en vez de imponer, y el que apoya su legitimidad no en la estridencia de sus gritos sino en la fuerza de sus razones y de sus razonamientos desapasionados.
Si olvidamos que la legitimidad nace del mejor argumento y si, por el contrario, la apoyamos en la sinrazón, en el poder bruto, en los debates distorsionados y, en lugar de la razón y de las razones, se utilizan “oráculos tecnológicos”, en vez de argumentar, profetizan y, en lugar de debatir, lo que consiguen es acumular fanáticos seguidores. Quizás nos suene a temores exagerados, pero me permito preguntar si ese uso de la fuerza desenfrenada de las palabras puede desembocar actualmente en las brutalidades físicas de otros tiempos o de otros lugares. Recuerdo que “quien siembra vientos, recoge tempestades”.
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