Sumario
Introducción
I. ¿Qué hay de lo mío? ¿Qué hay de lo nuestro? (VER)
II. Recuperar la pasión compartida (JUZGAR)
III. Un solo pueblo, un mismo canto (ACTUAR)
Introducción
Este cuaderno del Día de la HOAC de 2026 se sitúa en el marco de la campaña «Cuidar el trabajo, cuidar la vida» que se concibe como una mirada cristiana y obrera, atenta y esperanzada, al mundo del trabajo.
La campaña busca visibilizar el compromiso por la dignidad del trabajo y el trabajo decente, generar espacios de comunión en los ámbitos cotidianos y en diálogo con otras personas, grupos y organizaciones, para conocer y acompañar la realidad de las trabajadoras y los trabajadores y sus familias, tejer vínculos de solidaridad y fraternidad, impulsar procesos de transformación social, anunciar que la economía debe estar al servicio de la persona, denunciar la precariedad y la injusticia laboral, y celebrar los pasos colectivos hacia una sociedad más humana, justa e igualitaria, inspirada en el seguimiento de Jesucristo.
Para profundizar en este compromiso, este año queremos centrar la celebración de este día en la necesidad de fomentar la participación en todos los ámbitos como una forma de trabajar por un modelo de inclusión que promueva la liberación y el protagonismo de los pueblos y las personas, principalmente, de aquellas que están más empobrecidas.
Esta reflexión está orientada al trabajo en pequeños grupos con el objetivo de facilitar el compartir desde la propia experiencia en lo cotidiano, desde y en lo pequeño, pero con una mirada amplia y global.
Se trata de discernir sobre cómo podemos fomentar y visibilizar alternativas de vida y trabajo, expresiones de solidaridad y espacios de comunión con el mundo obrero desde la realidad más inmediata, es decir, en todos aquellos ambientes y lugares donde vivimos, convivimos y trabajamos (familia, centro de trabajo, parroquia, amistades, vecindario, pueblo…) para iniciar y posibilitar nuevos procesos y transformaciones, acciones que «derraman un bien en la sociedad que siempre produce frutos más allá de lo que se pueda constatar»1
1. Papa Francisco. Laudato si’, 212.
Para sentirnos personas de pleno derecho necesitamos saber que somos parte de algo, ya sea de una comunidad, de un colectivo o un pueblo. Por ello, vemos importante dar centralidad e ir desarrollando la tarea de acompañar2, educar en y a la participación de las personas más empobrecidas del mundo del trabajo para que se unan y se organicen y así puedan protagonizar su vida, personal y comunitaria.
2. Acompañar: Estar o ir en compañía de otra u otras personas. Participar en los sentimientos de alguien.
Debemos tener presente que la consecución del bien común requiere de la participación de todas y todos, especialmente de las que esta sociedad descarta, invisibiliza o ignora3. De esta forma contribuirán, desde su sentido de pertenencia y protagonismo, a provocar procesos de liberación que puedan generar esos cambios de escenarios que anhelan para sus vidas y comunidades.
3. «Entre todos: “He ahí un hermoso secreto para soñar y hacer de nuestra vida una hermosa aventura. Nadie puede pelear la vida aisladamente. […] Se necesita una comunidad que nos sostenga, que nos ayude y en la que nos ayudemos unos a otros a mirar hacia delante. ¡Qué importante es soñar juntos!”» (Papa Francisco. Fratelli tutti, 8).
Pero para que esos cambios sean duraderos se requiere a su vez de cambios culturales profundos que se traduzcan en una maduración en la propia forma de vida y en las convicciones de nuestras sociedades; es decir, un cambio de mentalidad que pase del individualismo a la lógica de la fraternidad. Por ello, para que perduren, tengan auténtica capacidad transformadora y se sostengan en el tiempo, se requiere «emprender procesos más que poseer espacios».
En la atmósfera cultural que nos envuelve, es urgente y necesario hacer posible la «cultura del encuentro»4 que propuso el papa Francisco, estableciendo relaciones desde la comunicación cercana, desde el sentir con el otro, salir de nosotros mismos trasladando nuestras presencias a las periferias existenciales para generar amistad social y lazos de fraternidad. Hay que «acampar» allí dónde está la gente, donde viven quienes están en los márgenes de la sociedad para caminar con ellas y con quienes luchan por avanzar en humanidad, justicia y paz.
4. Papa Francisco. Laudate Deum, 70.
I. ¿Qué hay de lo mío?
¿Qué hay de lo nuestro?
1) El individualismo en una sociedad en transformación
¿Ves los anuncios de la tele?: «Esfuérzate por alcanzar la perfección en todo lo que haces». Lo que aparentemente parecen eslóganes publicitarios sin más pretensión, esconden unos mensajes que van calando hondamente en la conciencia personal y social: alcanzar la felicidad y el éxito depende casi en exclusiva de la propia individualidad. Para ser feliz y sentirte una persona plena céntrate en ti y tus propias metas, esfuérzate por lograr lo que necesitas y sueñas para ti, sin pensar en nadie más. Es un márquetin que va más allá de incitar al consumo de marcas determinadas. Lleva implícita una propuesta de vida individualista que nos deshumaniza, nos vuelve esclavos de nuestro propio egoísmo y nos hace indiferentes, impermeables, ante lo que acontece en la vida de los demás.
Si trasladamos esta lógica al mundo del trabajo, conseguir un empleo digno depende de tu propio esfuerzo fundamentalmente: fórmate más, échale ganas, recíclate, arriesga, emprende, enfoca bien tu carrera profesional… Cuando la realidad es que, en muchas ocasiones, son las precarias condiciones laborales, la falta de oportunidades de acceso al empleo o las dificultades para organizarse sindicalmente para reivindicar lo que es justo, lo que dificulta tener un trabajo y salario decente que permita una vida digna1.
1. Papa León XIV. Dilexi te, 115.
En la presentación del IX Informe FOESSA se afirmaba que: «El mito de la pasividad de las personas en situación de pobreza y exclusión, esa idea de que viven de prestaciones sociales sin buscar soluciones o emprender acciones para su inclusión, es falsa. Esta realidad demuestra que no fallan las personas, falla el sistema».
Sabemos y podemos constatar día a día, que el ascensor social no funciona, que opera a distintas velocidades y que las oportunidades para mejorar las condiciones de vida no existen para todas las personas por igual.
Estamos pues asistiendo a un periodo de transformación o cambio de época con grandes incertidumbres y desafíos en el ámbito económico pero también social, laboral, político y ecológico. Y como respuesta ante esto, vamos viendo cómo ciertos grupos y formaciones, adoptan un discurso de cuestionamiento de los principios fundamentales de la democracia, que va provocando no solo un mayor desinterés por lo público y de desconfianza hacia los políticos, sino que fortalece la interiorización del «sálvese quien pueda» y del «no hay nada que hacer para cambiar las cosas» en lugar de afanarnos por encontrar nuevas fórmulas y mecanismos que construyan una sociedad fundamentada en la igualdad, la libertad, los derechos humanos y la justicia ecosocial.
Una manifestación clara de esto es la escasa participación y compromiso que se observa en partidos, sindicatos, organizaciones sociales y movimientos ciudadanos, que alcanza niveles de desafección y desafiliación sin precedentes. Es evidente pues, que la ciudadanía estamos contribuyendo, con nuestra pasividad, a una paulatina pérdida de derechos, entre ellos, el de participar, delegando la gobernanza en manos de unas administraciones en las que ahora nos cuesta confiar, minusvalorando el poder de transformación que tiene la fuerza de lo comunitario y colectivo, de la organización del pueblo en torno al espacio común.
2) Participación y protagonismo ante una sociedad fragmentada
En un momento en que las condiciones económicas y sociales han llevado a que aumente el número de personas en situaciones de desigualdad social y en el que el deterioro del planeta llega a niveles altamente preocupantes, se hace urgente una respuesta que proponga y promueva nuevos modelos de gobernanza, organización y participación que nos haga avanzar en una democracia más activa y participativa a niveles personal, local, comunitario, nacional e internacional.
Nuestra implicación en los asuntos públicos es esencial para lograr una gobernanza democrática. Cuanto más legitimado esté el poder en un acuerdo social, más posibilidades hay de hacer visibles las aspiraciones de los distintos sectores de la sociedad, especialmente, de los más empobrecidos y precarizados.
Haciendo de nuevo referencia al citado informe FOESSA, la exclusión social se define como «el proceso por el cual las personas se alejan del centro de la sociedad, se separan, son separadas o expulsadas de los espacios centrales de participación. Para ello, utiliza 37 indicadores que miden la participación en el empleo, la capacidad de renta, el acceso a derechos básicos como la vivienda, la salud, la educación o la participación política, así como la ausencia de lazos sociales y las relaciones conflictivas».
Es decir, la falta de oportunidades y de recursos provoca, además de pobreza y exclusión, el no poder ejercer el control de sus propias vidas y una falta de confianza, tanto en sí mismos como en la posibilidad real de cambiar las cosas.
Y por si esto fuera poco, hay que sumarle cómo se va extendiendo un imaginario colectivo alimentado por un relato emergente que criminaliza y estigmatiza a las personas afectadas, que no solo individualiza la culpa de ser pobres o excluidos a quienes sufren las injusticias, sino que provoca, entre otras cosas, rechazo y aporofobia.
Ante una «lógica individualista e insolidaria» de que «cada cual cargue con su cruz» y busque su propia solución, se nos presenta como desafío y como urgencia revitalizar el sentido de comunidad y la participación en lo colectivo, transitar hacia la «lógica del bien común», del compartir, de cooperar, de convivir, para pasar del «qué hay de lo mío» a construir un «qué hay de lo nuestro»2.
2. Papa León XIV. Dilexi te, 104.
Por todo esto, es esencial afanarnos en promover una participación que debe dar voz fundamentalmente a aquellas que no la tienen o a aquellas a quienes no se les escucha.
No podemos olvidar que, para que un modelo de participación sea plenamente transformador, este debe ser plenamente inclusivo: no debe dejar a nadie atrás, favoreciendo el protagonismo real poniendo en valor quién es y qué aportan todas y cada una de las personas que componen nuestra sociedad.
3) La sinodalidad: un testimonio profético
En el Documento final3 del sínodo de la sinodalidad se nos recuerda que la misión de la Iglesia no es solo interna, sino que se extiende al mundo en la familia, el trabajo y la sociedad, cultivando relaciones acogedoras, superando la exclusión y valorando la diversidad como camino hacia una Iglesia más abierta, corresponsable y en salida. La misión es tarea de todas y todos los bautizados, especialmente de las laicas y laicos, quienes están llamados a escuchar el clamor de los pobres y de la tierra y afanarse en transformar el mundo con el Evangelio, promoviendo la participación de todas y todos4.
3.https://noticiasobreras.es/2024/11/documento-final-por-una-iglesia-sinodal-comunion-participacion-y-mision/
4. Documento final del sínodo sobre sinodalidad, 32.
Teniendo como referencia esta experiencia eclesial, sabemos que es a partir de la participación, la escucha y el diálogo como podemos llegar a discernir, buscar y proponer soluciones a los problemas comunes que compartimos, no solo como Iglesia o como comunidad, sino como familia, como barrio, como colectivo, como humanidad.
No basta tener una visión compartida sobre que es necesario cambiar o mejorar en nuestra sociedad: debemos salir a caminar junto a otros y otras, explorar nuevas vías de encuentro, de aprendizajes mutuos y colaboración que puedan revitalizar y alentar la esperanza y la fraternidad ante una sociedad fragmentada y, en muchas ocasiones, inmersa en situaciones de oscuridad, para que sean la justicia, la centralidad de la persona humana, la dignidad del trabajo, la solidaridad y el destino universal de los bienes lo que vaya iluminando el devenir de nuestra historia.
Para la reflexión personal y el diálogo en grupo
1. ¿Qué espacios de participación existen a tu alrededor? ¿Cómo son, quiénes lo forman? ¿Cómo te sitúas tú?
2. ¿A qué crees que se debe la falta de preocupación por lo común y la escasez de participación?
3. En tu grupo o comunidad, ¿habéis tenido alguna experiencia de escucha, participación y de caminar junto a otros desde las claves de la sinodalidad? ¿Qué destacarías de esa vivencia?
II. Recuperar la pasión compartida
«Necesitamos constituir un “nosotros” que habita la casa común». «Recuperar la pasión compartida por una comunidad de pertenencia y de solidaridad». Laudato si’, 202 y 229; Fratelli tutti, 17 y 36.
En sus encíclicas y exhortaciones, el papa Francisco nos recuerda constantemente que si nos fijamos y profundizamos en cómo Jesucristo se situó ante la realidad que habitaba, posiblemente puedan romperse algunos esquemas aburridos en los cuales solemos encerrarlo. Él nos sorprende siempre, con su humanidad y su constante creatividad.
Fijémonos atentamente en el Evangelio en cómo salía Jesús al encuentro: «Iban conversando sobre todo lo que había acontecido. Sucedió que, mientras hablaban y discutían, Jesús mismo se acercó y comenzó a caminar con ellos» (Lc 24,14-15).
Las personas empobrecidas no sólo padecen la injusticia, sino que necesitan hablar sobre ella, porque viven y luchan cada día desde ahí. Y el deber de la Iglesia, en fidelidad con el Reino de Dios, está en «acompañarlos adecuadamente en su camino de liberación» (Evangelii gaudium, EG, 199). Los cristianos y cristianas estamos llamados a aproximarnos a estos grupos, a involucrarnos y caminar junto a ellos en fraternidad (EG, 24).
Como Iglesia debemos reconocer y promover el protagonismo de los grupos más desfavorecidos y confiar que en ellos, en su modo de organizarse, en sus reivindicaciones y en sus luchas, está actuando el Espíritu. Es necesario darnos cuenta de que desde una visión individualista, egoísta o insolidaria, no se resuelven los problemas. Desde la virtud del diálogo y la colaboración, algo nuevo irá surgiendo.
El papa León XIV, en su exhortación apostólica Dilexi te, nos invita a dejarnos transformar por el amor que Dios tiene a las personas empobrecidas y que ese amor lo concretemos en gestos cotidianos: hospitalidad, defensa del trabajo digno, participación social y vida comunitaria.
Nos propone un horizonte claro como Iglesia: una fe encarnada, una caridad activa y un compromiso con las personas empobrecidas, las trabajadoras, las migradas y los movimientos que buscan justicia.1
1. Papa León XIV. Dilexi te, 80.
Una Iglesia que se deja amar por Dios y que, al implicarse en la transformación de las estructuras de la economía del descarte, anuncia el reino de la fraternidad.
«Ya sea a través del trabajo que ustedes realizan, o de su compromiso por cambiar las estructuras sociales injustas, o por medio de esos gestos sencillos de ayuda, muy cercanos y personales, será posible para aquel pobre sentir que las palabras de Jesús son para él: “Yo te he amado” (Ap 3,9)» (Dilexi te, 121).
Para la reflexión personal y el diálogo en grupo
Dedica unos minutos a tomar conciencia de lo que acontece en tu vecindario, en tu lugar de trabajo… Imagínalo como un solo ser, un solo cuerpo viviente compuesto por múltiples miembros diversos que tienen en común lo que viven, y que son interdependientes, necesarios de cuidado y liberación.
«Cuando un miembro sufre, todos los demás sufren también; cuando a uno lo tratan bien, con él se alegran todos» (1 Cor 12,26)
Después de ver esta parte y los textos sugeridos:
1. ¿Qué destacas de cada uno de ellos?
2. ¿Qué interpelaciones recibes sobre tu forma de participar, especialmente en el trabajo?
3. ¿Cómo son tus encuentros y los de tu grupo o comunidad con las personas que hay en vuestros ambientes más cercanos?
4. Esos gestos o acciones, ¿favorecen la escucha, la participación y el protagonismo de las personas más empobrecidas?
III. Un solo pueblo, un mismo canto
Cantamos
porque el grito no es bastante
y no es bastante el llanto ni la
bronca
cantamos porque creemos en la gente
y porque
venceremos la derrota…
Cantamos porque llueve sobre el surco
y
somos militantes de la vida
y porque no podemos ni
queremos
dejar que la canción se haga ceniza
Mario Benedetti
La propuesta de la liberación anunciada por Jesucristo y el proyecto de felicidad que contiene el mensaje de las Bienaventuranzas nos sugieren hoy que el camino a promover es aquel donde, en lo comunitario, las personas puedan ser reconocidas en dignidad, que quieran sentirse unidas, deliberar y hacerse oír con un enfoque que no solo responda a su problema individual, sino que también promueva la justicia ecosocial y la equidad a largo plazo para todos y todas.
Por ello, es fundamental trabajar por la promoción de cada persona y de cada comunidad, en igualdad y justicia, respetando sus derechos y vocación. Tomar conciencia de que necesitamos vínculos comunitarios, ya que desde el individualismo no se puede cuidar lo común. Cuidar la vida, cuidar el trabajo, supone «crear una nueva mentalidad que piense en términos de comunidad» dando prioridad a la vida de las personas.
Para afrontar los desafíos de hoy se necesitan personas y comunidades que no se resignan ni se quedan esperando a que algo o alguien cambie la realidad, que las circunstancias regresen a un pasado, o que simplemente el tiempo solucione lo que les afecta: «Es crucial que las personas y comunidades sean conscientes de que sólo a través del esfuerzo tanto individual como colectivo, con iniciativa, podremos avanzar... Nadie se salva solo» (Papa Francisco).
La experiencia de Andrés Medina es un testimonio vital de cómo la militancia en el movimiento vecinal y en la HOAC transformó su entorno, su forma de vivir y entender la fe y el compromiso social. Andrés recuerda el origen de su implicación en Alcalá de Henares cuando la comunidad «pintamos la valla, la tiramos al suelo e hicimos una fuerte presión…» contra el regalo de suelo público para viviendas de precio libre, lo que culminó en la construcción de viviendas sociales tras la movilización vecinal. A lo largo de décadas, su implicación con la asociación de vecinos llevó a mejoras en la sanidad pública, servicios básicos y calidad de vida, y él mismo sintetiza su espíritu de entrega con una cita que evoca profundamente su trayectoria: «Yo dormía y soñé que la vida era alegría. Me desperté y vi que la vida era servicio. Serví y comprendí que el servicio era alegría»1.
1. La alegría de una vida entregada al movimiento vecinal. Noticias Obreras, enero 2026.
https://noticiasobreras.es/2026/01/la-alegria-de-una-vida-entregada-al-movimiento-vecinal/.
Edytha
Castillo encarna la tensión vital entre trabajo, fe y compromiso
solidario
desde
su experiencia de vida como trabajadora migrante y militante de la
HOAC. Después de llegar a España desde Ecuador hace 25 años y de
años de trabajo agotador en el sector agroindustrial, Edytha
combina su labor como delegada sindical en CC.OO. con su
participación en el Área de Empleo de Cáritas, donde acompaña a
compañeros y compañeras que enfrentan dificultades. Con honesta
vulnerabilidad, reconoce que «a veces, no sé cómo ayudar», pero
sostiene su compromiso en una confianza profunda: «gracias a Dios y
su misericordia»2
confía
en ser capaz de acompañar y sostener a quienes más lo necesitan.
2. Edytha Castillo Yaguana. Revista ¡Tú!, julio 2025.
Participar es una necesidad fundamental de la persona humana, dado que le posibilita «sentirse parte y reconocida», conecta, inspira y empodera, le lleva a integrarse en la sociedad, activando un proceso de salir a encontrarse, de buscar a otras personas que estén dispuestas a desarrollarse dentro de lo colectivo. Genera una dinámica personal dentro de un proceso compartido en estado constante, transformador, creativo e igualitario.
En la lucha por los derechos es un componente crucial el «tomar parte» que va mucho más allá de estar informados o de cumplir con los derechos y deberes tradicionales. Porque una cosa es tener información y otra es comprender. Llegar a entender, solo es posible sobre aquello que vives de cerca, de lo que te vuelves parte y a lo que perteneces3.
3. Papa Francisco, Fratelli tutti, 180.
En la denominada «era de la desinformación» actual, marcada por la proliferación masiva de información falsa o manipulada, es importante utilizar buenas fuentes para conocer lo que sucede y dar opiniones sobre un tema, pero también dejarse afectar y tomar la iniciativa de implicarse para promover esos cambios que vemos necesarios. Ser partícipe significa comprometerse con la comunidad, involucrarse y tener un papel activo respecto a la transformación de nuestro entorno. Se trata de pasar de ser observadores pasivos a actores activos y constructores de puentes.
El primer efecto que esto tendrá, es el de reconocer que nuestras decisiones siempre tienen consecuencias y ser más conscientes de que, al actuar junto a otros, podemos enfrentar desafíos comunes y promover amistad social, el surgimiento de lazos comunitarios que generen entornos seguros donde no exista ningún tipo de discriminación, donde todas las personas pueden desarrollarse plenamente.
El corazón del cambio comienza a latir sobre todo en las conversaciones que se mantienen en los portales, en las plazas, alrededor de una mesa, en los centros de trabajo, en las reuniones o en las asambleas comunitarias.
Estos encuentros pueden hacer surgir no solo relaciones interpersonales sanas y liberadoras, sino diversas formas de tejido comunitario, redes de colaboración y apoyo mutuo sólidas, creación de plataformas o asociaciones así como el fortalecimiento de movimientos ciudadanos, políticos y sindicales ya existentes que nos unan y conecten para generar un mayor impacto colectivo y político donde los principales protagonistas sean precisamente quienes están sufriendo las situaciones injustas que quieran dar un paso al frente para hacer efectiva su inclusión social y política.
En resumen, lo colectivo y comunitario es una danza dinámica de relaciones basadas en la confianza y con un propósito compartido que debe partir del protagonismo de la gente animándola a descubrir que existen diversos ámbitos sociales, vecinales, políticos, sindicales y/o culturales en los que puede participar sea mediante la afiliación, el activismo, la militancia, la asociación u otras formas de vinculación. De esto hablaba el papa Francisco cuando animaba a «organizar la esperanza»4
4. V Jornada Mundial de los Pobres Homilía, 14 de noviembre de 2021. Cuaderno PT 03 CEE:
Organicemos la esperanza. Jubileo de los trabajadores mayo 2025:
Promover estas experiencias es una carrera de fondo, no una carrera de velocidad, que requiere paciencia, respeto y comprensión, donde han de ser tenidos en cuenta los diversos ritmos a la hora de caminar juntos, especialmente cuando nos unimos a las personas más excluidas. No podemos alzar nuestra voz sin haber escuchado antes las suyas, ya que pueden ofrecer perspectivas valiosas que a menudo son pasadas por alto5.
5. Papa León XIV. Dilexi te, 100.
Estas personas son quienes mejor conocen lo que ocurre, porque lo viven y experimentan día a día. Son ellas las que, a su ritmo, como verdaderas expertas y protagonistas, desde sus vivencias de resiliencia y de lucha, tienen que ir creciendo colectivamente. Compartir nuestras experiencias y herramientas de acción puede enriquecer y ayudar a adentrarnos junto a ellas en el análisis de las causas que hay detrás de las situaciones que sufren pero con el objetivo de, a su modo, acordar qué quieren reivindicar y decidir cómo movilizarse ante las políticas sociales, laborales y económicas que padecen para que sus derechos sean respetados y reconocidos6.
6. Papa León XIV. Dilexi te, 102.
Y a lo largo de este camino compartido, es bueno incorporar momentos para celebrar las pequeñas victorias, porque reconocer lo conseguido rearma y refuerza los vínculos comunitarios que servirán para continuar capeando las tormentas que puedan llegar:
Celebrar ya sea una limpieza exitosa de las calles del vecindario, un mural en el cole del barrio, la creación de huerto comunitario, la negociación de un convenio colectivo, una acción de apoyo ante una amenaza de desahucio, una campaña de concienciación y solidaridad con quienes sufren algún tipo de violencia, discriminación o injusticia…
Celebrar a los héroes y heroínas anónimas, a los santos y las santas de la puerta de al lado, las iniciativas comunitarias que, aunque parezcan pequeñas, transforman vecindarios, lugares de trabajo, pueblos y ciudades, amplificando las voces y alimentando la esperanza.7
7. Papa León XIV. Dilexi te, 81.
Seguramente, al revisar y contemplar lo vivido juntas, en cualquier momento, como dijo el papa Francisco, podremos reconocer que es posible y puede surgir el «milagro de la fraternidad, que es capaz de saciar y hacer abundar»8.
8. Viaje Apostólico del papa Francisco a Bulgaria y Macedonia del Norte. Homilía, 7 de mayo de 2019.
Para la reflexión personal y el diálogo en grupo
1. ¿Qué ideas subrayarías del apartado que acabas de leer?
2. Mira a tu alrededor y decide… ¿A qué lugar o con qué colectivo te sientes llamada a acercarte para iniciar o compartir procesos comunitarios y liberadores? (personas, grupos, organizaciones en tu barrio, en tu pueblo, en tu ciudad, en tu parroquia, en el trabajo…). Ponles nombre, y busca de qué manera específica puedes hacerlo.
3. ¿Cómo, desde tu grupo o comunidad, podéis aterrizar la experiencia sinodal en alguna acción concreta que sirva como un testimonio profético de caminar con otros en un mundo marcado por la desigualdad y la fragmentación?
4. ¿Cuáles son mis fuentes informativas y qué medios de comunicación elijo, qué comparto en redes sociales? ¿Cómo esas decisiones me llevan —o no— a implicarme activamente en mi comunidad como constructor o constructora de puentes?

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