HOA DIOCESANA DE CÁDIZ Y CEUTA

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sábado, 11 de abril de 2009

LA PASIÓN DE «JESÚS DE NAZARET», UNA HERMOSA «HISTORIA DE AMOR» QUE SE VIVE CON LOS «CRUCIFICADOS DEL MUNDO».




LA PASIÓN DE «JESÚS DE NAZARET»,
UNA HERMOSA «HISTORIA DE AMOR»
QUE SE VIVE CON LOS
«CRUCIFICADOS DEL MUNDO».


«Hombre de poca fe» se me dirá, y tendrán razón los que así lo hicieran. Me sucede que en estas fechas de la Semana Santa lo mismo que en la fiesta de la Navidad, no veo por mucho que lo intento, el verdadero sentido que el nacimiento, la muerte y la resurrección de Cristo deben tener para los llamados, seguidores del Nazareno. No dudo que muchas de las personas que salen en las cofradías, o las que van a ver las procesiones tengan fe en Cristo, pero creo que esta es una fe intimista, no comprometida y ausente de la auténtica Pasión de Cristo. Humildemente creo, que su pasión es una historia de amor de Cristo hacía nosotros los hombres y mujeres y, cuanto más débil y pobre somos más amor nos tiene. No es un amor a figuras ricamente ataviadas de terciopelo, oro, plata, piedras preciosas y maderas nobles y que marchan acompañada de hermosas marchas musicales y seguidas y observadas por una multitud evadida de la realidad del sufrimiento de sus hermanos más pequeños y predilectos.


En aquella época y ahora, pocos se podían y pueden imaginarse los habitantes de Jerusalén y de Cádiz, ni tan siquiera los seguidores y discípulos de Jesús de Nazaret la tragedia que acontecería en las horas siguientes a la entrada triunfal en Jerusalén del llamado Mesías. Cristo tenía que morir porque el movimiento que él lideraría era muy peligroso, porque Jesús había cuestionado a los dirigentes religiosos y políticos de su época a través de sus manifestaciones públicas. Ahora veinte siglos después se sigue silenciando aunque de manera más sutil pero no menos cruel los gritos de denuncias de las injusticias que provocan por acción u omisión nuestros dirigentes políticos y religiosos.


¿Que líder de su época, o de la nuestra, que contemplaban y contemplan la subida al calvario que en un gesto de impresionante humildad Él, Jesús se pone a lavarles los pies a sus discípulos o tocar la piel del leproso de antes y de ahora? (¿nosotros no buscamos ser servidos o no nos alejamos como asqueados cuando se cruzan en nuestro camino un toxicómano con sida, o un indigente maloliente, o un parado cuando nos pide solidaridad?) O, ¿quien, ante las personas que te traicionan o te niegan se sienta a la mesa con ellos y comparten el pan y el vino sin mostrar ni rencor ni abandono hacia ellos? (¿antes de la celebración eucarística compartimos nosotros lo que tenemos con nuestros hermanos más empobrecidos, o el pan y el vino de la Eucaristía es lo único que compartimos?) Él no se defendía de las acusaciones que le hacían, ni de los insultos y torturas que sufrió. (¿Nosotros no estamos continuamente poniendo continuas escusas para evitar que nos insulten, nos molesten o se ponga en peligro nuestras seguridades personales y materiales?) ¿Quién cuando está agonizando en la Cruz o sufren las dificultades de la lucha por la justicia consuela a un ladrón, a un desesperado por la vida que le ha tocado vivir por culpa de la ambición de algunos y sufre su misma suerte? Pienso, que antes del último suspiro y su última frase que dirigió a su Padre sin lugar a duda que desde la cruz, recorriendo con su mirada a todos los hombres y mujeres que contemplaban como moría y siendo como era y es tan grande su humanidad que quizá pensaría: «que difícil os lo he puesto, pero no temáis que conmigo podréis». Entonces su grito de desesperación que debería amartillar nuestros oídos cuando contemplamos lo que está sucediendo en nuestros días: «Elí, Elí ¿por qué me has abandonado?» No, Jesús de Nazaret no es un hombre normal, Jesús no puede pasear por las calles del Jerusalén de su tiempo, ni por las de nuestros pueblos de ahora siendo tratado como un rey todopoderoso o un hombre todo lleno de riqueza, ni tan siquiera como un Dios ausente del sufrimiento de su pueblo.


Realmente nadie de toda Judea ni ahora en esta Bahía de Cádiz se podía imaginar ni se imagina aun esa tragedia, ese fracaso del proyecto de Jesús de Nazaret. Todo se hubiera acabado y olvidado en esa Pascua judía en esta Pascua cristiana, no hubiera quedado recuerdo alguno de ese Jesús de Nazaret, de no ser porque tal como él mismo dijo antes de su muerte, resucitó al tercer día.


Así de lo que todo parecía que sería un fracaso de vida y de proyecto de futuro, pasó a ser la historia de amor más grande que nadie halla podido vivir, y cuya vida y mensaje ha perdurado hasta nuestros días, haciéndose presente en la historia de todos los hombres de todas las épocas y como hace más de dos mil años siempre situado en el lado de los que siempre han perdido, los pobres, los que están situados al borde del camino, en los portales alejados del desfile procesional que gritan angustiados: ¡Señor ten piedad de mi! Pero esas veneradas imágenes no le pueden responder, la respuesta está en nuestros corazones, pero estos están extasiados por la deslumbrante belleza de la imaginería, de la música y del olor a incienso.


Desde entonces conmemoramos la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo. Pero ya hemos visto cómo nos situamos nosotros hoy ante esa historia de amor. Ya conocemos las estadísticas de la miseria en el mundo y también en nuestra tierra, ¿no estamos hartos ya de imágenes de niños con sus vientres hinchados, con sus brazos y piernas extremadamente delgados, con esa mirada profundamente triste, muriéndose a borbotones? ¿No nos cansamos de permanecer indiferentes ante la pobreza que provoca el paro, la precariedad laboral…? Sin más razón que la ambición de algunos.


Mientras vivimos esta Semana Santa nuestros líderes políticos mundiales siguen inyectando billones de euros para saciar como a fieras hambrientas el hambre de riqueza de los poderosos del planeta. En gran parte del mundo coincide que los países causantes de la pobreza de los países pobres y de los ricos ahora también son los países llamados cristianos. Nosotros hemos sabidos compaginar la posesión de riqueza con “ser buenos cristianos” celebrando ritos vacios y Semanas Santas poco santas. Tal vez las constantes imágenes del hambre, de la enfermedad, del dolor, de la muerte prematura, del paro, de la falta de vivienda, de la marginación, de las guerras... nos han inmunizados ante todo ello. Pudiera ser también que la miseria de buena parte del mundo es necesaria para sostener y consolidar nuestra sociedad del bienestar.


Desde esta insensibilidad en que vivimos ¿tiene sentido el Sacramento de la Eucaristía? ¿Tiene sentido vivir la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo? Que es memoria y comunión con el hombre protagonista de esa gran historia de amor de hace más de dos mil años. Sin embargo la Eucaristía, la Semana Santa sólo puede ser celebrada debidamente desde la comunión con el Crucificado y con todos los crucificados del mundo.


¿Tiene sentido que Jesucristo haya pasado por esa entrega amorosa hacia los hombres y mujeres en especial por los más desfavorecidos, padeciendo una muerte cruel y de extrema violencia, para que cuando acudimos a la Eucaristía, en el gesto de partir el pan, sólo se comparta la forma sagrada pero no hacemos lo mismo con la vida y los bienes, o vivir los oficios religiosos de la Pasión de Cristo y seguir llevando la vida mirando hacia otro lado cuando nos cruzamos con un necesitado?


Desde esta óptica, desde la manera de ver de Jesús, cuando nosotros miramos la realidad social desde el lugar de los pobres y desde su amor hacia ellos descubrimos el gran pecado que hay en el mundo, donde a los pobres se les va arrebatando su vida, su dignidad y su esperanza. Así cuando nos planteamos desde los pobres qué hacer ante esa sangrante realidad, cuando acudimos a la Eucaristía compartiendo con ellos lo que somos y lo que tenemos, cuando vivimos la Pasión y muerte de Jesucristo sufriendo con los empobrecidos de la crisis económica provocada por la avaricia y la usura, la única respuesta honrada y coherente es desenmascarar esa realidad y transformarla en la línea del Reino anunciado por Jesús a los pobres.


Y, como dije al principio, quizá sea hombre de poca fe y esté pecando de ingenuo o de tonto, pero cuando miramos algunos de los Crucificados que recorren nuestras calles y aunque en ellos veamos al mismo Dios, si nos quedamos en la contemplación y no nos induce a la acción solidaria con todos los crucificados del mundo, los empobrecidos, esa pasión de Cristo que vemos no es la auténtica pasión de Jesús de Nazaret, sino que nos hemos creado una pasión a nuestra propia conveniencia y esa no es mi fe. Ciertamente los hombres y mujeres tenemos una gran capacidad para crearnos sucedáneos que nos aparte de un auténtico compromiso liberador.


En pocas horas sucederá el acto supremo que da sentido a la muerte de Cristo, pues su muerte provocó en nosotros la huida, el abandono de las filas del galileo, sin embargo su resurrección generó tal fuerza entre los discípulos que a pesar de nuestras debilidades e incoherencias a lo largo de nuestra historia aun hoy perdura. Dios gran conocedor del ser humano sabía que Cristo con su muerte nos liberaría, pero con la ausencia que provoca la muerte quedaríamos solos, desvalidos sin haber alcanzado a conocer al Dios que Jesús nos mostró, «Abba» lo llamaba Jesús. Tampoco el Reino que con Él se instauraba no daría un solo paso en su construcción. Era imprescindible su Resurrección para que se cumpliese el Plan de Dios y con ella la promesa que nos hizo: «estaré con vosotros hasta el final de los tiempos». Así nació la comunidad de sus seguidores: los cristianos y esta dando pasos hacia adelante, con muchas paradas en el devenir históricos y también con bastantes retrocesos hemos llegados a nuestros días. Son muchas nuestras incoherencias que antes he descrito, de las que yo también soy tremendamente culpable, pero cuando amanezca el nuevo día Cristo resucitará y renacerá en nosotros grandes razones para la Esperanza. A pesar de nosotros Dios nos ama, vivió, murió y ha resucitado para amarnos sin medida. «¡Aleluya!, ¡Aleluya!. Cristo ha resucitado». «¿No notáis como camina a nuestro lado?»