HOA DIOCESANA DE CÁDIZ Y CEUTA

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domingo, 2 de agosto de 2009

UNA REALIDAD A EVANGELIZAR


Publicado en: NOTICIAS OBRERAS:
Tema de la quincena. Núm. 1.484-1.487 [16-7-09 / 15-9-09]
Comisión Permanente de la HOAC
Resumen del documento de trabajo de la
XII Asamblea General de la HOAC.




En la preparación de nuestra XII Asamblea General, los militantes de la HOAC hemos dialogado y compartido los rasgos fundamentales del contexto social y eclesial en el que vivimos, aquellos que nos parece hemos de tener especialmente en cuenta en nuestra manera de vivir y de actuar en el mundo obrero y del trabajo. Ofrecemos en este Tema Complementario una síntesis del documento compartido por la HOAC. Teniendo en cuenta estos rasgos de la realidad social y eclesial, hemos compartido los retos a los que creemos hemos de intentar dar respuesta hoy y de cara al futuro. En la Asamblea General concretaremos las propuestas de vida y acción que nos ayuden a caminar en esa dirección.

Consideramos que los rasgos fundamentales de la realidad social y eclesial que hemos de tener especialmente presentes son los siguientes:


1º.- JUSTICIA, EMPOBRECIDOS Y MUNDO OBRERO

En nuestra sociedad no existe una clara conciencia del escándalo que representa la pobreza en nuestro mundo. Por lo general, sabemos que existen pobres, incluso muchos, pero no somos realmente conscientes de lo que este hecho significa. Vivimos en un mundo con recursos económicos, científicos, técnicos…, más que sobrados para que todas las personas pudiéramos vivir con lo suficiente para tener una existencia digna y, sin embargo, esto está muy lejos de ser así. Y no existe una conciencia social generalizada de que se trata de un radical problema de injusticia. Injusticia en el conjunto del planeta e injusticia en cada uno de los países, incluidos los ricos, donde también abundan los empobrecidos.


En sociedades ricas como la nuestra incluso podríamos decir que existe una notable indiferencia social ante ese hecho de la pobreza. Vivimos como si no existiera. Incluso los pobres molestan e incomodan. Predomina la convicción social de que el crecimiento económico resolverá por sí mismo las necesidades de la sociedad y no nos damos cuenta de que un enorme crecimiento económico como el de las últimas décadas no ha representado nada para resolver el problema de la pobreza. De hecho, falta en el conjunto de nuestra sociedad una real conciencia de lo que significa la existencia de una multitud de empobrecidos en nuestro mundo, de la radical injusticia y falta de humanidad que esto representa, y de la relación que existe entre el enriquecimiento de unos y el empobrecimiento de otros en nuestro mundo globalizado.


Así, socialmente, el objetivo de buscar justicia para todos, que sólo puede construirse en la medida en que se busca expresamente y cuando orienta las actuaciones sociales y personales, se ha ido debilitando cada vez más y ha sido sustituido por el objetivo del bienestar asentado sobre un crecimiento económico permanente, y por la búsqueda de la afirmación de derechos individuales de todo tipo, con muy escasa conciencia de las responsabilidades hacia los demás, especialmente hacia los empobrecidos, y hacia el bien común. Por eso mismo tampoco somos realmente conscientes de lo que representa el problema ecológico para las futuras generaciones ni lo entendemos como el problema de justicia que es.


Este debilitamiento o pérdida de la perspectiva de la justicia no significa que no existan personas y organizaciones que luchan con toda generosidad, solidaridad y entrega por y con los empobrecidos. Lo que significa es que socialmente no se cuestionan las causas de ese empobrecimiento, se da por bueno el sistema social y la forma de vida que lo genera y lo sostiene. Con ello se hace mucho más difícil acabar con él, ir más allá de combatir sus manifestaciones más extremas e, incluso, verlo como el problema social que es.


Algo parecido a lo que ha pasado con la justicia ha ocurrido con el mundo obrero. En otro tiempo existía una, al menos, relativa conciencia social de la estrecha relación entre mundo obrero y empobrecidos, entre la forma en que se organiza el trabajo, las condiciones laborales, y la dependencia y pobreza de muchos trabajadores. Por eso lo que ocurría en el mundo obrero se consideraba muy importante socialmente. Hoy no es así. Esa conciencia social ha desaparecido, incluso en el seno del mundo obrero y del trabajo.


La conciencia social que hoy predomina no ve en absoluto la relación entre trabajo y empobrecimiento, y no percibe tampoco la situación del mundo obrero como un problema social importante. Es más, tiende a considerar los problemas del mundo obrero y del trabajo como algo superado, más bien propio del pasado. Un ejemplo de esta carencia de conciencia social sobre los problemas del mundo obrero es lo que está ocurriendo con los accidentes laborales. Un problema tan extraordinariamente grave, con tantos muertos, inválidos y familias destrozadas cada año, apenas tiene lugar en la conciencia social, es como si no existiera. Seguramente porque se percibe más como una fatalidad, algo inevitable, que como lo que es, una realidad vinculada a las condiciones laborales. Lo mismo ocurre con otras muchas situaciones del mundo obrero.


Es conciencia social generalizada que lo que ocurre en el mundo obrero y del trabajo es lo normal y que es necesario aceptarlo como lo que hay. Para corregir las situaciones más desfavorables a los trabajadores ya están la acción de los gobiernos y de los sindicatos. Más allá de esto no se cuestionan las causas de una situación laboral que se considera la normal para el mundo de hoy. Entre los propios trabajadores, aún cuando existe una situación de malestar, lo más extendido es la resignación ante lo que hay.


Estos dos problemas, el debilitamiento de la justicia y de la conciencia de la importancia de la situación del mundo obrero, están estrechamente relacionados. En nuestra opinión son dos manifestaciones del hecho de que el capitalismo se ha hecho dueño y señor de la vida social.


2º.- EL CAPITALISMO SE HA ENSEÑOREADO DE LA VIDA SOCIAL

Desde nuestro punto de vista, un elemento esencial del actual contexto social es que el capitalismo ha logrado dominar en gran medida la vida social, extendiendo su lógica individualista y economicista al conjunto de la vida social y colonizando cada vez más esferas de la vida de las personas.


El capitalismo es una forma de entender y organizar la economía, un sistema económico. Pero, por su propia naturaleza, para poder funcionar necesita ser mucho más que eso. Necesita el crecimiento continuo y sin límites de la economía para generar beneficios económicos siempre crecientes. Porque el lucro particular es su motor (en la creencia de que lo que mueve al ser humano y dinamiza la vida social es la búsqueda por cada uno de su propio interés, el egoísmo individual). Y para ello necesita estar constantemente eliminando los obstáculos que se opongan a la competencia entre unos y otros en la búsqueda permanente del mayor beneficio económico posible. Por eso el capitalismo tiende a convertirlo todo en mercancías de las que se puede obtener un beneficio (las cosas, pero también el trabajo, las relaciones, la naturaleza…). Y su pretensión permanente es situar la lógica economicista del beneficio en el centro de la vida social, haciendo que todo gire a su alrededor y no permitiendo que la rentabilidad económica sea subordinada a otros fines sociales, la justicia por ejemplo.


«El capitalismo ha logrado dominar en gran medida la vida social, extendiendo su lógica individualista y economicista al conjunto de la vida social y colonizando cada vez más esferas de la vida de las personas»

Esa es la lógica que ha caracterizado al capitalismo desde sus orígenes hasta hoy. Pero como esa lógica de convertirlo todo en mercancía es destructiva para la vida (porque hay realidades que cuando se convierten en mercancías se destruyen, como es el caso del trabajo y de la naturaleza), los seres humanos se han resistido socialmente a esa extensión de la lógica economicista. El resultado de esa resistencia ha sido la conquista de espacios de no mercantilización de la vida social, para que las personas no se vieran a merced de la lógica de la competencia por el beneficio. Estos diques de contención de la marea de la lógica economicista han sido los derechos laborales, sociales, políticos…, de las personas, y los servicios públicos, las prestaciones sociales, la regulación de la economía por el Estado, etc. Pero esos derechos, prestaciones, regulación…, se convierten para la lógica economicista en costes que es necesario reducir para que no limiten el crecimiento de los beneficios económicos privados. Y, por eso, la lógica economicista busca formas de reducirlos lo más posible. De hecho, es la tendencia que ha predominado en las últimas décadas de la mano del neoliberalismo: para incrementar los beneficios económicos particulares se han debilitado esos diques de contención de la lógica economicista. Es lo que se expresa habitualmente con palabras como «liberalizar» o «flexibilizar» la economía, pero que en realidad significa su desregulación, la eliminación de normas, regulaciones, límites… Esta desregulación tiene como consecuencia la desestructuración de la vida de las personas y su subordinación a los intereses económicos.


Esta desestructuración de la vida de las personas incide tanto en su dimensión personal como en su dimensión social. Así, por ejemplo, cada vez resulta más difícil organizarse y mantener una participación activa en la vida social. Cuando no lo dificulta la falta de conciencia ante la realidad, lo dificulta la falta de tiempo y disponibilidad provocados por la aceleración de los ritmos de vida, las largas jornadas laborales, la inestabilidad en el trabajo, la flexibilidad impuesta, la dispersión geográfica y familiar, la alta exigencia de hoy para la educación de los niños y la atención a los mayores… Un sistema social que desestructura la vida de las personas hasta el punto de dificultar tanto sus posibilidades de actividad social, política y eclesial, es un sistema tremendamente empobrecedor y deshumanizador.


3º.- SUFRIMIENTO Y DESHUMANIZACIÓN EN EL MUNDO OBRERO Y DEL TRABAJO

A pesar de que en la conciencia social generalizada se considera poco relevante lo que ocurre en el mundo obrero y del trabajo, este dominio de la vida social por el sistema de producción y consumo está generando situaciones de un gran sufrimiento y deshumanización en amplios sectores del mundo obrero y del trabajo, y configurando un modelo de vida social en el que se extienden la explotación de las personas, la inseguridad social, la dependencia, el empobrecimiento y la deshumanización.


Esta situación tiene diversas manifestaciones:

a) El modelo de la estabilidad laboral con un cierto grado de seguridad vital de los trabajadores y sus familias y con un cierto reconocimiento práctico de derechos laborales, está siendo sustituido por el modelo de la flexibilidad y la precariedad laboral que genera inseguridad en el empleo y debilita radicalmente el ejercicio de los derechos en el trabajo. A medida que se extiende y consolida el modelo de la flexibilidad y la precariedad laboral, las condiciones de trabajo se van degradando para cada vez más trabajadores y se acentúa la explotación, la dependencia y la inseguridad laboral. Es un modelo laboral que convierte a las personas en instrumentos al servicio de la mayor rentabilidad de la producción, adaptándolas a la fuerza a los requerimientos de la rentabilidad económica.


b) Pero este modelo de la flexibilidad y precariedad laboral no sólo genera inseguridad y dependencia en el trabajo, también genera inseguridad y dependencia vital. Por una parte, porque la inseguridad en el empleo (por tanto en los medios de subsistencia) genera en sí misma, inseguridad vital y se convierte en un mecanismo que facilita la aceptación de cualquier tipo de trabajo. Por otra, porque el tiempo productivo invade cada vez más espacios del tiempo de vida, del tiempo personal, familiar, social…, desestructurando la vida de las personas y dificultando poder vivir humanamente. Dicho de otra manera: el sistema de producción y consumo configura la vida de las personas de forma que resulte funcional para su pretensión de producir y consumir para generar rentabilidad económica. Moldea la vida de las personas estructurándola desde la producción y el consumo, genera forzosamente una forma de vida que adapta y somete a la persona a las exigencias de la economía, mutilando y atrofiando las dimensiones de la vida humana que no son funcionales a la producción y el consumo.


«Un sistema social que desestructura la vida de las personas hasta el punto de dificultar tanto sus posibilidades de actividad social, política y eclesial, es un sistema tremendamente empobrecedor y deshumanizador»

c) Junto a los dos aspectos anteriores, el sistema de producción y consumo genera también otra realidad que, en nuestra opinión, resulta decisiva: una forma de sentir, pensar y actuar (una cultura) que se ha convertido en hegemónica y que orienta la vida de las personas en la dirección que el sistema de producción y consumo necesita para su funcionamiento, hace deseable la forma de vida que necesita para funcionar. Se ha ido imponiendo como lo normal, lo natural y lo deseable una orientación de la vida humana centrada en el ser productor y consumidor. Lo cual está provocando un radical empobrecimiento de las personas y dificultando seriamente la posibilidad misma de ser persona. En la medida en que la vida de las personas se configura desde los presupuestos y desde la cultura que genera el sistema de producción y consumo, se nos hace mucho más difícil vivir como personas. Y cuando esto ocurre se hace también más difícil luchar contra la explotación, la injusticia y el empobrecimiento que niegan la dignidad del ser humano.


La situación de empobrecimiento y vulnerabilidad afecta de modo particularmente negativo: a los jóvenes, a las mujeres; y a los trabajadores inmigrantes, que en su inmensa mayoría padecen los peores efectos del modelo de la flexibilidad y la precariedad laboral, muchas veces con las peores condiciones de trabajo, a lo que se añade la vulnerabilidad que representa el hecho de que suelen ser considerados como mano de obra barata antes que como personas, y también la vulnerabilidad que supone su condición de «extranjeros».


4º.- UNA RADICAL DEFORMACIÓN DE LA POLÍTICA

Los tres aspectos de la realidad social que hemos considerado hasta aquí no se han producido por generación espontánea. Son el resultado de todo un conjunto de decisiones, de acciones y omisiones, de relaciones sociales… En definitiva, son una construcción política.


El dominio de la vida social por la lógica economicista del sistema de producción y consumo ha ido configurando una muy determinada manera de orientar la política, un modelo político acorde con esa hegemonía social de la producción y el consumo. Este es un elemento muy importante del contexto social en el que vivimos, pues representa, por una parte, un obstáculo importante para combatir la situación de explotación, dependencia y empobrecimiento de las personas; y, por otra, un poderoso mecanismo de deshumanización, porque supone una atrofia o mutilación de la capacidad humanizadora de la acción política, como dimensión constitutiva de la existencia humana e instrumento para construir relaciones sociales humanas.


El modelo político dominante en nuestra sociedad se caracteriza, entre otras cosas, por la subordinación y sometimiento de la acción política a la lógica economicista. En buena medida, la orientación predominante de la política es, en lugar de la búsqueda de construir justicia en las relaciones sociales, la búsqueda de la adaptación de las personas y de la vida social a las exigencias de la producción y el consumo. Más que como instrumento para modificar las relaciones sociales que dificultan la vida digna de todas las personas, la política se orienta desde la perspectiva de la gestión de una situación dada que se considera inmutable e incuestionable.


Se produce así un divorcio cada vez mayor entre la vida cotidiana de las personas y la perspectiva que predomina en la actividad política. Son como dos mundos paralelos. La mayoría de los problemas sociales no se perciben como problemas políticos. No se considera vida política lo que ocurre en la realidad cotidiana del trabajo, del barrio, de la escuela, etc. Espacios en los que, por lo demás, las formas predominantes de vida, las condiciones del trabajo y la cultura dominante favorecen cada vez más una menor participación y sentimiento de responsabilidad.


Es muy importante el hecho de que la mayoría de los problemas sociales no se perciban como problemas políticos. Lo que eso significa es que en la conciencia común se perciben cada vez más como lo normal y natural. Es lo que hay. Además, de hecho, la mayoría de los problemas de la vida cotidiana de las personas y muchas de las situaciones que antes hemos señalado al referirnos al mundo obrero y del trabajo ocupan un lugar muy secundario o simplemente no están en la agenda política.


Lo que queremos subrayar especialmente es que este modelo político dominante es un poderoso mecanismo de deshumanización, porque lo que hace es atrofiar la dimensión política de la existencia humana, mutilando la capacidad de las personas de vivir la responsabilidad de los unos hacia los otros en la vida social, que es camino de humanización. Además, la despolitización de los problemas sociales y la crisis de la participación social que este modelo político impulsa, dificultan enormemente construir relaciones sociales humanas: la búsqueda de la justicia para los empobrecidos se debilita mucho desde esta manera de vivir la política.


El dominio que el capitalismo ejerce sobre la vida social y la manera de orientar la política que predomina en nuestra sociedad, están suponiendo un profundo proceso de destrucción de la sociabilidad humana, un cada vez mayor predominio de lo individual sobre lo comunitario, y una notable pérdida del sentido comunitario de la lucha por la justicia y del valor de las organizaciones para esta lucha. Esto tiene muchas consecuencias para el desprestigio de lo público puesto al servicio de las personas y de finalidades colectivas, para la vocación del ser humano a la comunión, para la valoración de las organizaciones sociales como un bien de la sociedad, y para la conciencia de la responsabilidad que tenemos los unos hacia los otros, hacia la vida social y hacia el bien común, todo lo cual ha provocado una desmovilización de las personas ante los problemas que sufrimos. Esta dinámica nos está configurando cada vez más como sujetos con escasa conciencia de nuestra responsabilidad social, a la vez que sitúa a los empobrecidos en una posición de mayor debilidad, vulnerabilidad e indefensión.


En ese sentido, el desafío de ayudar a descubrir el valor de lo comunitario para la realización de nuestra humanidad nos parece que resulta fundamental hoy y de cara al futuro.


Esto último tiene una especial importancia, pues las organizaciones sociales, también las del mundo obrero, se ven profundamente afectadas y debilitadas por esta situación, precisamente en un momento en que las organizaciones son más necesarias que nunca para luchar contra el empobrecimiento, la injusticia y la deshumanización. Por eso, hoy es fundamental colaborar a recuperar el papel de las organizaciones sociales y centrar su trabajo en el servicio a los sectores más débiles y empobrecidos del mundo obrero y del trabajo.


5º.- UNA CULTURA QUE DEFORMA Y DESORIENTA NUESTRA HUMANIDAD

Siendo tan radical la deshumanización que genera lo que hasta aquí hemos apuntado, en nuestra opinión lo más radicalmente deshumanizador es la cultura de matriz economicista que domina nuestra sociedad. Porque es lo que más deforma y desorienta nuestra humanidad.


La cultura es un hecho social propio del ser humano. Contiene muchos elementos, pero lo central en toda cultura es la forma de sentir, pensar y actuar (la forma de vivir y comportarse) que genera y extiende hasta lograr que se considere normal y natural para el ser humano. En cierta forma podemos decir que la cultura responde a la pregunta: ¿Qué es lo que nos hace ser personas y realizar nuestra humanidad? La cultura es un hecho social, pero no es un hecho externo al ser humano si no que lo impregna y lo configura. Es creación de la acción del ser humano en sociedad, pero es a la vez el ambiente en el que vivimos, como el aire que respiramos y en el que nos desarrollamos. Por eso la cultura es decisiva para la humanización: en la medida en que la cultura que domina en una sociedad orienta nuestra vida en un sentido humanizador, nos facilita crecer como personas; y en la medida en que lo hace en un sentido deshumanizador, dificulta ese crecimiento.


Decimos «facilita» y «dificulta», porque la cultura no determina la libertad y responsabilidad personal, pero sí influye en ella, porque es la que establece la normalidad en una sociedad. Así, tanta importancia tiene prestar atención al hecho de que las personas somos sujetos de la cultura, constructores de cultura, que con nuestra libertad podemos orientar nuestra vida personal y la vida social en uno u otro sentido, como al hecho de que la cultura que domina en una sociedad puede ayudarnos a la realización de nuestra humanidad o hacerla más difícil al promover la tendencia al pecado (a la deshumanización) que existe en nosotros. Porque, igual que puede empujarnos a «sacar lo mejor de nosotros mismos», también puede «sacar lo peor», nuestro individualismo, egoísmo, deseo de dominio…


Por esa misma razón la cultura es tan importante en la evangelización. Pablo VI decía que en gran medida evangelizar es evangelizar la cultura. Es decir, sumergirse en la realidad concreta de la vida de las personas para transformar la cultura de manera que la forma de sentir, pensar y actuar se asemeje lo más posible a la forma de sentir, pensar y actuar que Jesucristo nos muestra como la más humana, la que mejor realiza nuestra humanidad. Y por eso mismo, Juan Pablo II, siguiendo la reflexión del Concilio Vaticano II, insiste en que el Evangelio necesita hacerse cultura para poder vivirse plenamente, necesita traducirse en una forma de sentir, pensar y actuar en la vida personal y social.


«El Evangelio necesita hacerse cultura para poder vivirse plenamente, necesita traducirse en una forma de sentir, pensar y actuar en la vida personal y social»

La cultura que genera el sistema de producción y consumo es, ante todo, una manera de orientar la vida del ser humano, una propuesta práctica del tipo de persona que debemos ser. En este sentido, se ha dicho con razón que el peor daño que ha causado el capitalismo al ser humano es que ha puesto en el corazón de las personas y en el centro de la vida social aquello que Jesús quiso quitar del corazón del hombre y de las relaciones sociales para que pudiéramos vivir humanamente. Esta antropología, que se ha convertido en cultura hegemónica en nuestra sociedad, se ha caracterizado acertadamente como la del ganar, gastar y gozar.


Las dos características más centrales de esta cultura dominante en nuestra sociedad son el individualismo y el hedonismo.


El individualismo, que supone una profunda deformación del valor de la individualidad y de la autonomía del sujeto. No somos una pieza más de un engranaje social, somos seres singulares que podemos asumir y vivir nuestra autonomía de sujetos y responsables de nuestra vida y de la vida de los demás. La cultura moderna ha subrayado este valor. Pero la cultura economicista lo que ha hecho es deformarlo al extender la convicción social de que lo normal y natural es la búsqueda por encima de todo del propio interés individual. Así, se ha ido extendiendo cada vez más la convicción social de que lo propio del ser humano es comportarse como un individuo que compite con los demás para buscar su propio interés.


El hedonismo, que supone una deformación del deseo del ser humano de ser feliz y disfrutar de la vida, porque sustituye este sano deseo por la consideración de lo que nos gusta como criterio de lo humano, de lo que es bueno para el ser humano. Igual que el individualismo es el imperio del propio interés, el hedonismo lo es del propio gusto.


La expresión mayor de este hedonismo en nuestra sociedad es el consumismo, que quizá es lo que caracteriza mejor la cultura dominante en nuestra sociedad. El consumo siempre creciente es una necesidad ineludible del sistema de producción capitalista. Por eso necesita generar una forma de vida consumista que se convierte en promesa de felicidad para las personas.


El consumo sin límites representa problemas sociales y medioambientales muy importantes. Pero, además, genera otra realidad fundamental desde un punto de vista cultural: necesita convertir a las personas en individuos consumidores. Para ello, lo que hace es, a través del poderoso sistema publicitario, sustituir las necesidades de las personas (que son limitadas) por los deseos sin límites. Pero, ese hacernos sujetos deseantes que responden a sus deseos sin límites y siempre cambiantes (por eso se ha dicho que en realidad lo que el consumismo fabrica es el capricho como norma de comportamiento) a través del consumo de productos y sensaciones, sólo es posible si adoptamos la personalidad de consumidores. Eso es lo más característico de la forma de sentir, pensar y actuar consumista: nos va moldeando como individuos que nos situamos ante todo como consumidores, para los que todo es elegible, desechable, intercambiable…


El dominio cultural de este individualismo y hedonismo consumista tiene repercusiones muy importantes para los humanismos, para la ética y para la vivencia de la fe. Sobre todo, porque supone una forma de sentir, pensar y actuar socialmente aceptada y considerada como la normal, en la que el propio interés, conveniencia y gusto se convierten en norma. Por eso, la cultura dominante en nuestra sociedad se caracteriza también por el subjetivismo y el relativismo, que son una deformación de nuestra humanidad y sobre cuya base se debilitan profundamente las relaciones sociales.


Subjetivismo y relativismo son una deformación del valor de la libertad y la autonomía personal, por la cual cada uno personaliza lo que es vivir humanamente y se hace cargo de su existencia. Porque convierten la libertad en la ausencia de límites al propio interés, conveniencia o gusto. Porque tienden a situarnos ante los otros como competidores, como un obstáculo para nuestra libertad, más que como lo que en realidad son: los necesitamos para realizar nuestra humanidad, son aquellos con quienes podemos construir nuestra humanidad. Por eso, el relativismo y el subjetivismo debilitan profundamente la vida social, porque socavan las bases comunes de la convivencia. Y en ese mismo sentido, la competencia permanente, la supremacía del más fuerte…, hacen que las relaciones de violencia estén muy presentes en nuestras vidas y en nuestros ambientes sociales.


Esta extensión del subjetivismo y del relativismo, vinculados al individualismo y al hedonismo crea grandes problemas a los planteamientos éticos, a los humanismos y a la fe cristiana. Porque se perciben frecuentemente como una limitación a la libertad individual, al proponer unas normas, valores, criterios…, objetivos, según los cuales construimos humanamente nuestra vida y a los que debemos someter nuestro criterio, conveniencia o gusto individual. Por eso, el subjetivismo y el relativismo son también tan negativos para reconocer, personal y socialmente, el lugar que corresponde a la situación de los empobrecidos y a la lucha por la justicia, porque nos dificultan sentirnos afectados por el dolor y el sufrimiento de los empobrecidos.


De ahí que la cultura dominante en nuestra sociedad fomente un secularismo práctico, que es una deformación del valor de la secularización, entendida como la capacidad de las personas de construir nuestra vida personal y social sin recurrir a ninguna divinización de la realidad (ya sea a través de una fe religiosa o de una ideología), que la convierte en algo inamovible e inmutable. El individualismo-hedonismo y el subjetivismo-relativismo son un poderoso mecanismo de secularismo, porque orientan la existencia en un sentido en el que se hace muy difícil vivir desde Jesucristo. Quien construye su vida desde el propio interés, gusto y conveniencia y se convierte a sí mismo en criterio de vida no puede construir su vida desde la confianza en Dios. Pero, de la misma forma, hace muy difícil vivir desde un humanismo consecuente, que reconozca prácticamente la importancia decisiva de los demás en nuestra existencia.


Además, el dominio social de esta cultura es una gran dificultad para combatir la injusticia y el empobrecimiento, que tanto abundan en nuestra sociedad y en nuestro mundo obrero.


Por lo que está en juego en la construcción de nuestra humanidad y en la lucha por la justicia y la solidaridad con los empobrecidos, es tan importante colaborar a construir una cultura humanizadora en nuestros ambientes sociales y, particularmente, colaborar a reconstruir una cultura y una conciencia obrera humanizadora y liberadora en el seno del mundo obrero y del trabajo.


6º.- UNA IGLESIA QUE NO ESTAMOS SABIENDO RESPONDER A ESTA SITUACIÓN

Nuestra Iglesia está teniendo grandes dificultades para dar una respuesta evangelizadora en este contexto social. En nuestra opinión ello es debido tanto a la propia influencia del contexto social, especialmente de la cultura dominante, en la vida de la Iglesia, como a algunos errores e incoherencias por parte de nuestra Iglesia. En ocasiones la misma manera de situarnos la Iglesia agrava las dificultades para la Evangelización.


Problemas como:

a) Una vivencia más individual que comunitaria de la fe.


b) Unas comunidades parroquiales con un escaso o inexistente dinamismo misionero y muy marcadas por el clericalismo.


c) Un laicado muy poco organizado, formado y escasamente presente en la realidad de la vida social y con grandes dificultades (entre otras cosas por falta de cauces adecuados de acompañamiento eclesial) para encarnar formas de vida cristianas en medio de la realidad social. Y, consecuentemente, un escaso testimonio comunitario de otra forma de vida distinta a la dominante en nuestra sociedad.


d) Una falta de real corresponsabilidad y protagonismo de los laicos en la vida de la Iglesia, muy marcada por la desconfianza hacia los seglares y por la debilidad, cuando no retroceso, de los cauces de corresponsabilidad y diálogo al interior de nuestra Iglesia.


e) Una falta de reconocimiento real y efectivo del papel de la mujer en nuestra Iglesia: las mujeres siguen teniendo en nuestra Iglesia un papel secundario y frecuentemente subordinado, que no se corresponde ni con su dignidad ni con su mayoritaria presencia en las comunidades eclesiales.


f) Una muy escasa conciencia social y política, que se sigue percibiendo por muchos cristianos como algo ajeno a la fe de la Iglesia.


g) Una importante dificultad para el diálogo con nuestra sociedad, sabiendo descubrir, asumir y promover los aspectos positivos que hay en ella, buscando mostrar y transformar lo que es deshumanizador, y ofreciendo la Buena Noticia de Jesucristo como la propuesta de humanización que es.


Por otra parte, nuestros obispos están especialmente preocupados, nos parece que con razón, por el problema de la cultura. Especialmente por lo que tiene la cultura dominante en nuestra sociedad de materialismo, subjetivismo, relativismo y secularismo. Subrayan insistentemente la deshumanización que esto representa y el problema de la influencia del secularismo dentro de la Iglesia. Con ello creemos que hacen un buen servicio a la sociedad y a la Iglesia.


Ahora bien, en nuestra opinión, se cometen con frecuencia algunos errores que dificultan la misión evangelizadora de la Iglesia:

a) Predomina una visión parcial del problema de la cultura. Porque se desvinculan del problema de los empobrecidos y la injusticia que sufren, del problema de las formas de vida y las dificultades que nuestro sistema social nos crea para vivir como personas y de la cultura que domina nuestra sociedad. Nosotros creemos que esas tres dimensiones no se pueden separar porque forman parte de una misma realidad. Desvincularlas lleva, nos parece, a una respuesta equivocada a lo que necesita el contexto social en el que vivimos:


Se pone el acento en la necesidad de la asimilación y difusión de las creencias cristianas como forma de responder a la cultura secularista y su influencia al interior de la Iglesia y, junto a ello, se propone el ejercicio de la caridad personal y social. Sin negar en absoluto la importancia de la personalización y difusión de las creencias cristianas, entendemos que el acento hay que ponerlo en la forma de vida, en la que ocupa un lugar central la solidaridad con los empobrecidos y la lucha por la justicia. La forma de vida no es un derivado de las creencias, sino su contenido fundamental.


«El acento hay que ponerlo en la forma de vida, en la que ocupa un lugar central la solidaridad con los empobrecidos y la lucha por la justicia.La forma de vida no es un derivado de las creencias,sino su contenido fundamental»

b) Lo anterior lleva a agravar un problema crónico en nuestra Iglesia: la inoperancia de la Doctrina Social de la Iglesia.


c) Pero, sobre todo, lleva con frecuencia a un alejamiento de la realidad de la vida cotidiana de las personas. En la práctica, las situaciones cotidianas de la vida laboral, familiar, del barrio, del conjunto de la sociedad…, parece que no tengan demasiada importancia para amplios sectores de nuestra Iglesia, cuando deberían ser lo más importante, para ayudar a vivirlas humanamente. Es muy llamativa en este sentido la permanente insistencia en algunos temas y el clamoroso silencio en otros, especialmente en los relativos a los problemas de justicia para los empobrecidos y a los de la vida cotidiana de la mayoría de las personas.


d) Pero, más aún, lleva en ocasiones a una confusión de lo que podríamos llamar el «sujeto» del secularismo. A veces da la impresión de que para algunos sectores de la Iglesia el secularismo está producido por la actuación de unos grupos ideológicos que tienen la voluntad de construir la vida social de espaldas a Dios y que la tarea de la Iglesia consiste en combatir a esos grupos. Nosotros creemos que, aún siendo verdad que existen grupos sociales secularistas, el problema real está en otro sitio: lo que produce secularismo es el sistema social en el que vivimos. Ese es el problema importante que hay que afrontar, y que comporta lo que hemos señalado en los puntos anteriores. Antes nos hemos referido a la renuncia que se ha producido en el conjunto de nuestra sociedad a modificar las raíces de nuestro sistema social y cómo esto ha generado la extensión de un modelo político que ha sustituido la lucha por la justicia para los empobrecidos por la adaptación de las personas a las exigencias del sistema de producción y consumo, por el reconocimiento de un conjunto de derechos individuales (que, ciertamente, en algunos casos suponen un avance social), y por la promoción de la libertad entendida como ampliación de la capacidad de elegir, cambiar, desechar…, y la eliminación de límites para hacer el propio interés, gusto o conveniencia. En torno a esto último se ha generado una dicotomía social entre «progresistas» y «conservadores» más aparente que real. Nuestra Iglesia ha entrado frecuentemente en esta misma dinámica, apareciendo casi siempre situada del lado del conservadurismo, lo cual ha reforzado aún más la imagen que fabrica la cultura dominante en nuestra sociedad de que la Iglesia es un obstáculo para la libertad. En nuestra opinión, es un gran error para la Iglesia entrar en esta dinámica y situarse de esta forma para combatir el secularismo. La forma de afrontarlo ha de ser, por fidelidad al Evangelio de Jesucristo, la solidaridad con los empobrecidos y la lucha por la justicia.


Esta manera, en nuestra opinión errónea, de afrontar el problema de la cultura está reforzando al interior de la Iglesia algunos efectos negativos del contexto social en el que vivimos, en un doble sentido:

a) Al igual que ocurre en la sociedad, está debilitando en nuestra Iglesia la lucha por la justicia. No cabe ninguna duda de que desde la Iglesia, a través de formas muy diversas, se vive la cercanía y el servicio a los empobrecidos. Pero, salvando el valor que este trabajo tiene siempre, en gran parte de la pastoral de la Iglesia está ocurriendo lo mismo que en la sociedad: se están dejando de lado el origen de la desigualdad y la injusticia y las causas del empobrecimiento. El problema es que así se hace mucho más difícil combatir el empobrecimiento y se produce una separación entre amor y justicia, que tiene nefastas consecuencias para la evangelización.


b) Al igual que ocurre en la sociedad, de forma muy mayoritaria en nuestra Iglesia no se comprende la importancia de lo que ocurre en el mundo obrero y del trabajo. No se comprende su estrecha relación con el empobrecimiento de muchas personas y con la deshumanización de la vida social. Por eso tampoco se ve la importancia de la Pastoral Obrera.


Por último, hay aspectos del contexto eclesial que nos parece importante destacar, porque no facilitan nada poder construir una respuesta evangelizadora adecuada al actual contexto social.


La actitud defensiva que con frecuencia adoptamos en la Iglesia frente a una sociedad que considera generalmente lo que plantea la Iglesia más como un estorbo, como un obstáculo para la libertad, que como otra cosa. Sobre todo, cuando esta actitud defensiva lleva a posturas condenatorias y poco comprensivas con las personas y las instituciones. Situarnos en otra actitud mucho más dialogante y positiva en las realidades de la vida cotidiana de las personas, lo cual no significa en absoluto renunciar a plantear con claridad la propuesta del Evangelio, es hoy un reto fundamental para la Iglesia. En este mismo sentido, es necesario superar las dificultades que algunos sectores eclesiales tienen para situarse de forma positiva en una sociedad democrática, pluralista y laica.


Especialmente preocupante en este sentido nos parece la dificultad que hoy existe en nuestra Iglesia para el diálogo, pues este hecho resulta muy negativo para una realidad esencial en la vida y misión de la Iglesia: ser signo de comunión en medio de la humanidad. En un doble sentido:

a) La dificultad que existe para un diálogo sincero y profundo en nuestra Iglesia, que nos permita avanzar en vivir la comunión desde la diversidad y en la búsqueda de cuáles son las respuestas pastorales hoy más adecuadas.


b) La dificultad que existe para un diálogo sincero con la sociedad que contribuya a la construcción de una laicidad positiva desde el reconocimiento y la valoración de la pluralidad para construir una convivencia en común, aportando también las propuestas del cristianismo a esa construcción de la convivencia en común desde la diversidad.


A pesar de estas dificultades, incoherencias y limitaciones, hemos de reconocer y dar gracias a Dios por tantas realidades eclesiales que son un ejemplo de encarnación en la realidad de los empobrecidos, de acogida y entrega solidaria a los empobrecidos, de denuncia de la injusticia y de trabajo por construir relaciones sociales más humanas. Así como por aquellas que están promoviendo y animando dinámicas nuevas en nuestra Iglesia, para que crezcamos en fidelidad al Evangelio, en la defensa de la dignidad de las personas, especialmente de los empobrecidos, y en ofrecer un testimonio de fraternidad. En este sentido, nos sentimos especialmente agradecidos por el trabajo que, con todas nuestras limitaciones e incoherencias, venimos intentando realizar el conjunto de los movimientos de Acción Católica y desde la tarea de la Pastoral Obrera. ■


«Hemos de reconocer y dar gracias a Dios por tantas realidades eclesiales que son un ejemplo de encarnación en la realidad de los empobrecidos, de acogida y entrega solidaria»

Publicado en NOTICIAS OBRERAS:
Tema de la quincena,
Núm. 1.484-1.487 [16-7-09 / 15-9-09]