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UNA MIRADA CRISTIANA DEL TRABAJO HUMANO Y EL BIEN COMÚN
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miércoles, 18 de marzo de 2015

ANTONIO DORADO, UN OBISPO RENOVADOR,
AMIGO Y SERVIDOR DE TODOS,
por José Antonio Hernández Guerrero


ANTONIO DORADO SOTO
(fallece el 17 de marzo de 2015)

Aprovecho la oportunidad del funeral que esta tarde se celebra por el Obispo Antonio Dorado para evocar las abundantes vivencias que de él seguimos guardando los numerosos amigos que aquí dejó y que, durante mucho tiempo, lo seguiremos recordando. Me permito dejar constancia de la elevada altura de su talla intelectual, la lucidez de su agudeza crítica y el rigor de sus profundas reflexiones, unos rasgos humanos que avalaron la eficacia de su liderazgo moral propiciado, de manera especial, por su notable capacidad de escucha atenta, por su cercanía humana y por su permanente disposición para favorecer un diálogo amistoso y abierto incluso con los que pensaban de maneras diferentes.


Si su profundo respeto a las personas no le impidieron ser valiente en la denuncia de las actitudes antievangélicas y de los comportamientos insolidarios, gracias al ejercicio de su misión de “pontífice” -constructor de puentes, hombre de concordia y promotor de encuentros- desarrolló la función de conciencia crítica de la sociedad con la misma eficacia con la que se ofrecía como instrumento eficaz de reconciliación.


Con realismo y con llaneza, Antonio Dorado fue siempre con la verdad por delante. En directa y en permanente referencia a los valores evangélicos, su palabra elocuente puso de manifiesto su sentida preocupación por los sufrimientos personales y por los problemas sociales. Su ministerio constituyó una eficaz llamada al compromiso temporal y a la trascendencia sobrenatural. Su discurso vital -sin necesidad de emplear cajas de resonancia- estuvo pautado por los principios evangélicos y por los criterios eclesiales. Desdeñoso con la vulgaridad y con la frivolidad, su acción pastoral –prueba transparente de su fidelidad a Cristo y de su servicio al hombre actual– fue una clara opción por los más necesitados, por los pobres y por los marginados avalada por su estricta austeridad.


Su ministerio describió un fecundo itinerario de generosidad que se tradujo en una amistad fraterna con los sacerdotes –con todos los sacerdotes–, en una disponibilidad sin límites para responder a los fieles –a todos los fieles– y en una escucha atenta a los no creyentes –a todos los no creyentes–: mostró, en todo momento, una extraordinaria capacidad de adaptación a las exigencias actuales de la evangelización. Sus palabras, discretas y oportunas, se asentaron sobre la base sólida de conocimientos teológicos y se alimentaron de las sustancias que le proporcionaban una prolongada reflexión y una profunda oración. Hijo de la Iglesia del Vaticano II, promovió la renovación eclesial y cumplió la función de anunciar a Jesús de Nazaret, de explicar sus palabras y de hacer patente su misericordia y su perdón. Su amplia preparación cultural y su rigurosa actualización teológica le permitieron adecuar las respuestas pastorales a los nuevos retos de la sociedad y a las demandas del hombre de hoy. Su generosidad –que adoptó la forma de delicadeza exquisita y de fina elegancia espiritual– era la expresión transparente de su profunda armonía interior, del equilibrio entre su bondad y su virtud, entre su seriedad y su alegría, entre su sentido evangélico y su compromiso temporal, entre su riqueza espiritual y su pobreza material.



Su sensibilidad intensa y exquisita, su actitud acompasada y serena, sus ideas rigurosas y renovadoras, su sagacidad y su capacidad de discernimiento constituyeron unas palancas espirituales poderosas que, apoyadas en el Evangelio, sostenían y elevaban las vidas de muchos creyentes. Sus palabras, sus actitudes y sus comportamientos alumbraron un talante episcopal renovador que, aunque a veces sorprendiera, constituía un precedente de las actuales actitudes y de los sencillos gestos del Papa Francisco. Le agradecemos, querido don Antonio, su nobleza, su rectitud y sus generosos gestos de amistad. Gracias por su cordial compañía.






«ANTONIO DORADO SOTO»
fallece el 17 de marzo de 2015)


Sin caer en sensiblerías baratas, hemos de confesar que la noticia del fallecimiento de Don Antonio Dorado Soto nos ha producido en la Diócesis de Cádiz y Ceuta una honda pena. En estos momentos somos muchos los que sentimos la amarga sensación de una pérdida y, sobre todo, los que se nos avivan y profundizan los sentimientos más auténticos de admiración, gratitud y amistad. A lo largo de los veinte años intensos que entregó a Cádiz, su trabajo pastoral produjo un impacto profundo debido a ese talante humano, a esas actitudes sacerdotales y a esos comportamientos episcopales que despertaron en muchos creyentes cariño, admiración y respeto. Su ministerio, exigente y fatigoso, ha sido una continua referencia a los valores religiosos y una eficaz llamada al compromiso temporal y a la trascendencia sobrenatural.


Don Antonio Dorado Soto nos explicó una lección de Ética, más que con palabras, con su ejemplar testimonio de disponibilidad, de trabajo y de austeridad. Sus comportamientos -sencillos, sobrios y comprensivos- nos transmitieron un claro mensaje de humanidad. Y es que, entendiendo las situaciones concretas de cada una de las personas, aguardaba pacientemente la maduración de los proyectos pastorales y, esperanzado, confiaba en la fecundidad de los esfuerzos humanos. Fue claro en la exposición doctrinal y firme en la aplicación de los principios evangélicos. Sus esfuerzos por dar una explicación global y coherente a la vida humana representaron una aportación valiosa al desarrollo espiritual, cultural y social de la Diócesis porque anunciaba el Evangelio sin agresividad alentando la religiosidad popular y exponiendo con claridad las exigencias éticas y sociales derivadas de la dignidad de la persona y denunciando con serenidad las situaciones injustas. Sin insolencia ni miedo, ha cuestionó las conductas incoheren¬tes y descubrió el gran vacío de una sociedad que, en gran parte atrofiada y empobrecida, estaba entregada a un consumismo insaciable. Su mente lúcida y su palabra rigurosa y oportuna -sus silencios discretos y prudentes- nos revelaron el alto nivel de su calidad humana, de su sensibilidad cristiana y de su compromiso sacerdotal. Y es que, don Antonio Dorado Soto ha sido obispo sin dejar de ser sacerdote, cristiano, hermano y amigo. Por eso nos inspiró un profundo respeto, porque siempre supo respetar a todos, alentando la fe en Dios, creyendo en los hombres y ganó la confianza confiando en los demás. Que descanse en paz.



OTROS ENLACES:

http://odisur.es/index.php?option=com_k2&view=item&id=26583:fallece-mons-d-antonio-dorado-soto-obispo-em%C3%A9rito-de-m%C3%A1laga

http://www.obispadodecadizyceuta.org/noticia/fallece-mons-d-antonio-dorado-soto

http://www.diocesismalaga.es/pagina-de-inicio/2014043810/el-funeral-por-d-antonio-dorado-soto-sera-a-las-1300-h-en-la-catedral/

http://tudiocesis.com/2015/03/18/monsenor-dorado-soto-una-mente-privilegiada-para-tiempos-complicados/


José Antonio Hernández Guerrero, reflexiona, semanalmente en nuestro “blog”, sobre el sentido de la dignidad humana y el nuevo humanismo.
37.- «LAS GUERRAS»
(Hacia un nuevo humanismo)





 

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