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jueves, 15 de octubre de 2026

CEUTA: LA SAGRADA DIGNIDAD DE TODA PERSONA

Ceuta: la sagrada dignidad de toda persona

15 octubre 2026 | Por

El dominico Antonio de Montesinos fue defensor de los indígenas en la colonización española de América. En un famoso sermón de 1511, tras criticar con dureza lo que se hacía con los indios, lanzó la pregunta fundamental: «¿Estos no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales?». Dicho en palabras actuales: «Acaso no son personas con una sagrada dignidad que debéis reconocer, respetar y proteger». Esa misma pregunta es fundamental respecto a las personas migrantes, tanto en las circunstancias que sufren habitualmente como en situaciones extremas como la de Ceuta. Como ha señalado el arzobispo de Tánger, fray Emilio Rocha, «el reto más urgente es siempre la persona humana» y nos daña mucho que «no queremos ver el drama de las personas migrantes».

Cualquier política que ignore esto merece el calificativo utilizado por el obispo de la Pastoral de Migraciones de la CEE, Fernando García Cadiñanos: «También aquí podemos decir que no solo esta economía mata, sino que también esta política mata». Lo que está detrás de la situación de Ceuta, dice el obispo, es «la utilización e instrumentalización del sufrimiento de muchas personas» y la extensión de «una cultura del rechazo y del odio con graves consecuencias para la convivencia».

La crisis de Ceuta tiene muchas dimensiones y es compleja. Sin duda, son cuestiones políticas importantes, por ejemplo, aclarar lo mejor posible las responsabilidades en lo ocurrido, entre otras cosas por las personas que han perdido la vida, para actuar en consecuencia. O comprender de una vez que la política migratoria de la Unión Europea es un absoluto fracaso humano, al poner casi todo el peso en la seguridad ignorando cada vez más los derechos humanos, la solidaridad y las causas de las migraciones. Externalizar el control de las fronteras es un despropósito que da un gran poder de chantaje a regímenes que no respetan en absoluto los derechos humanos. O cómo afrontar la profunda degradación de la política institucional en nuestro país, donde parece que ningún diálogo y cooperación es posible. O tomar mucho más en serio el profundo daño que nos hacen quienes controlan las redes sociales que extienden y normalizan el odio y la violencia a través de la mentira.

Pero la cuestión política más importante, y urgente, es dar soluciones a las víctimas de esta situación: la población ceutí, en particular la trabajadora y más empobrecida, que no es poca, y los migrantes que malviven en las calles de Ceuta. La lentitud de los gobiernos (de España y de Ceuta) en dar esas soluciones es inaceptable. Es inadmisible que las personas migrantes que sufren en Ceuta, en particular las menores, no estén hace tiempo en la península para ser atendidas debidamente. Tampoco ayudan nada las trabas que muchos gobiernos autonómicos ponen para acoger a los menores en su territorio. Como no lo hace la postura del principal partido de la oposición, con planteamientos irresponsables que proponen cometer ilegalidades, asumiendo cada vez más el discurso racista de la extrema derecha de Vox. La postura de la extrema derecha es absolutamente indecente. Desde un repugnante patrioterismo azuzan el odio y la violencia, hablan de «invasión» y califican a los migrantes de «invasores», deshumanizándolos. Hablan incluso de «protectores de los invasores» para referirse a los ceutíes que ayudan como pueden a los migrantes o a las ONG que intentan atenderles en lo más básico.

La cuestión central es orientar las políticas y los comportamientos sociales desde el reconocimiento práctico de la dignidad de toda persona. Como señala el Papa en Magnifica humanitas, ese reconocimiento está seriamente amenazado por ideologías y políticas que niegan la radical e igual dignidad de todo ser humano: «Es importante –dice León– vigilar para que este crecimiento en la conciencia de la dignidad humana no sea ofuscado bajo la presión de nuevas ideologías o de determinados intereses de gran poder en el mundo de hoy (…) Existen derechos que corresponden a todos por el mero hecho de ser personas. Ningún poder humano puede legítimamente negarlos o limitarlos arbitrariamente» (núm. 51).

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